FILOSOFÍA

El budismo de clase media

El budismo original era compatible con la estructura social asiática, caracterizada por periodos muy largos de tiempo donde no había ningún cambio social perceptible ni en la economía ni en el sistema de clases/castas. Por lo tanto, excluida la perspectiva del cambio social en un mundo donde lo que hoy conocemos por política no existía, el considerar a este mundo como una ilusión y ensimismarse para alcanzar el Nirvana era coherente.
Cuando el budismo y otras ideas de Oriente penetran el Occidente de manera masiva desde mediados del siglo XX, lo hacen “traducidas” de manera occidental y pragmática.
Ante el retroceso del cristianismo y derivados, la intelectualidad “avanzada” de Occidente necesitaba otra ideología que fuera compatible o funcional con la nueva sociedad plural y dinámica posterior a la 2da guerra mundial. Tiene su inicio el movimiento cultural New Age (Nueva Era).
Por “budismo de clase media” no me refiero al budismo original ni a las prácticas de meditación. Me estoy refiriendo a una modernización de la ideología propia del capitalismo usando partes del budismo y de otros elementos de la cultura oriental. A esta ideología se la puede encontrar en el género literario de autoayuda, en frases de políticos y famosos, en las redes sociales. Esta ideología tiene un efecto muy fuerte en los sectores populares conocidos como “clase media”.
 Los individuos que acomodan su vida a esta ideología New Age suelen ser mucho más simpáticos que los individuos autoritarios, moralistas (e hipócritas) típicos de los años 50 (que están teniendo un revival con el ascenso del evangelismo y de un catolicismo más militante). Pero como mucho de lo que se descubre mediante la crítica social, lo que aparentan ser dos cosas separadas suelen ser dos caras o versiones de la misma cosa.
Reemplazar la voluntad de Dios por el Karma no solo se veía más sofisticado y pluricultural, sino que era coherente con una sociedad más individualista. Mezclando la teoría de la elección racional -ya presente en la ideología clásica de la burguesía occidental- con un poco de misticismo oriental, se perfeccionó la defensa del sistema social argumentándole al individuo que sus condiciones de vida eran resultado exclusivo de sus decisiones. Sino de esta vida, de vidas pasadas.
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El objetivo de la iluminación, donde el individuo reencarna una y otra vez hasta que aprende lo suficiente para alcanzar un estado de dicha y lucidez perpetua, reemplazó al clásico Cielo que el cristianismo prometía a quien vivía su vida de manera que complaciera al monarca celestial. La iluminación aparece como un proyecto basado en la autonomía personal, donde no hay que complacer a ninguna autoridad y se hace énfasis en tomar las riendas uno mismo. Calzó perfecto con la necesidad de recuperar la crítica a las jerarquías, crítica que en la sociedad de posguerra era inevitable (los intentos autoritarios de disuadirla siempre terminaban fracasando). De manera que no solo había que dejar que el individuo criticara las jerarquías y la falta de autonomía: había que alentar que lo hiciera en lo espiritual, no en su vida cotidiana ni con las jerarquías vitales para el funcionamiento del sistema social.
El “mandamiento” del desapego quizás sea el más difícil de cumplir considerando que el sistema necesita del consumismo y de proyectos de vida que hagan eje en el tener. Pero sirve perfecto como glorificación de la ausencia de compromiso social y político y del desinterés por la historia (lo cual es funcional a la idea de un presente perpetuo, donde las cosas “siempre fueron así y nunca van a cambiar”).
La filosofía del “dejar fluir” le viene bárbaro a quienes saben que es la acción y la fuerza las que cambian las circunstancias y quieren seguir en control. El argumento sensato de que los humanos no controlamos todo se utilizó como palanca para justificar la renuncia a la esencia de la democracia: el control que nos corresponde como ciudadanos y como pueblos sobre aquello que nos afecta en el universo social. Los ideales de la democracia y la ciudadanía pueden ser peligrosos si la gente se los toma en serio, mejor que no pasen de la formalidad y mejor todavía que sean vistas como ideas obsoletas.
Sobre el sufrimiento, esta ideología tiene una dialéctica entre reivindicarlo como escuela de sabiduría y la necesidad de desidentificarse del mismo. Todo lo que te pasa, inclusive lo malo, es por una razón. Toda la gente que “el Universo te pone en tu camino” tiene un propósito para tu desarrollo personal. Hasta ahí un reciclaje del cristianismo, que atribuía al monarca celestial la concepción y ejecución de un plan maestro para la creación y un plan particular para cada una de sus criaturas. Pero se le agrega la parte más sofisticada de “no eres tu dolor”. Un requerimiento central para alcanzar la iluminación es desidentificarse con este mundo material y transitorio (el Samsara) e identificarse con lo espiritual y trascendente. Los pensamientos le pertenecen a la mente; los sentimientos, sensaciones y emociones le pertenecen al cuerpo. Tu verdadero Yo está más allá de tu cuerpo y tu mente. La solución no es eliminar o reducir el sufrimiento materialmente y mediante la acción, como proyecto colectivo de cambiar el mundo en el que vivimos. La solución es que cada uno se abstraiga del sufrimiento así como debe abstraerse del placer.
La meditación se pone al servicio no de la acción, sino de hallar la Conciencia Testigo que puede ver los pensamientos y las emociones como proyecciones en una pantalla. Hay que vivir desde allí, pues ese es tu verdadero yo trascendente y eterno. Ser un espectador y no un actor. Una vez más, el sistema y el 1% en el poder lo agradecen.
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¿Si soy un asesino serial debo aceptarme en todo momento?
Otros lugares comunes de este budismo mainstream son el discurso de la aceptación, la tolerancia y una reacción negativa ante todo lo que “divida”. En principio estas parecen facetas bastante inofensivas y uno puede imaginar muchas situaciones en las que pueden aplicarse para el bien, por ejemplo para contestar actos de discriminación o discursos de odio al que es diferente. Pero en su versión más extremista, significa negarse a reconocer que hay cosas que, por el bien común y el de las mayorías, no pueden ni deben ser aceptadas o toleradas (por ejemplo, el nazismo). También significa negarse a reconocer divisiones que existen por razones fundadas (por ejemplo, entre opresores y oprimidos).
El fundamentalismo anti-violencia, que para darse autoridad en discusiones políticas cita versiones edulcoradas de Martin Luther King y Ghandi, al condenar con la misma intensidad la violencia de la víctima y la del agresor, la del fuerte y la del débil, la del opresor y el oprimido, en los hechos termina apoyando la violencia del más fuerte, del agresor, del opresor.
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 Toda esta ideología tiene versiones más “subversivas”, como puede verse en The Matrix. Se critica a un sistema de dominación pero se pone como condición de emancipación la adquisición de capacidades extraordinarias que, por supuesto, solamente unos pocos pueden manejar. Las masas son vistas como mayorías “dormidas”, agentes pasivos del sistema y potenciales amenazas para los individuos “liberados”. El reciclaje de la liberación humana apocalíptica vía Mesías era poco original, ¿pero qué otra salida le queda a los guionistas cuando excluyen a los procesos colectivos de autoorganización y lucha?
Esta ideología también tiene autores lo suficientemente hábiles como para explorar, en el mundo intelectual, qué elementos pueden servir para hacerla más sofisticada. Un caso típico es el hindú Deepak Chopra, que ha incorporado en sus libros una interpretación conveniente de la física cuántica con el propósito de guiar al lector a la conclusión de que la ciencia moderna finalmente está alcanzando conclusiones largamente anticipadas por la filosofía oriental. El desafío de las nociones materialistas y mecanicistas por la física cuántica es aprovechada para argumentar en términos “científicos” la presencia de un mundo inmaterial y trascendente que es más real que el mundo que percibimos sensorialmente, de una “conciencia” en cada átomo, de un “propósito” del universo…
Ni lentas ni perezosas, las editoriales han creado un nuevo género literario conocido como “autoayuda”, donde una diversidad de autores -algunos, sinceramente- hacen propaganda a nivel masivo de su propia versión de la ideología que estamos analizando. El propósito explícito de la autoayuda es proveer herramientas a los individuos (de cierto poder adquisitivo) para mejorar sus vidas.
Esto coincide con la ideología clásica del “self-made man”, donde el individuo logra sus progresos en la estructura social por mérito de su propio esfuerzo y sacrificio. El ser ayudado es humillante para una clase media que concibe la solidaridad como caridad, así que auto-ayudarse es menos chocante para el ego.
El público lector de autoayuda, que suele considerarse más sofisticado que los evangelistas con su “pare de sufrir”, está librado a sus propias capacidades de interpretación y aplicación de las ideas de los gurúes, a apoyarse en el voluntarismo y la meritocracia, y a vivir sus fracasos amargamente como resultados de su debilidad. Enriquecer al pastor con el diezmo no es tan diferente de enriquecer al gurú con la compra de sus libros o videos o con la visita a su ashram. Pero al menos las iglesias evangelistas ofrecen a sus fieles la integración a una comunidad organizada que cuenta con redes de apoyo para enfrentar las dificultades de la vida. El lector de autoayuda está por su cuenta. ¿Quién es más inteligente?
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Hago la inevitable aclaración de que esta es una generalización consciente de excepciones. Hay personas que realmente son budistas como elección religiosa, recurriendo lo más posible a fuentes serias y originales, con una disciplina de estudio y meditación. Y algunas de estas personas están comprometidas en proyectos de cambio social. No quiero que se ofendan ni las personas que no encajan en lo que dije ni las personas que sí. Escribí este texto como un ataque intelectual contra un aspecto del sistema de dominación que me parece que no se le presta la suficiente atención.
Danilo Castelli, Buenos Aires, Argentina.
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